El
sonido del despertador le hizo levantarse de la cama de un salto. Rem
estaba sudando y muy agitado, todo debido a causa del sueño que
acababa de tener.
“¿Habrá
sido por los nervios? No, no creo. Bueno, no le voy a dar mucha
importancia, sólo ha sido un mal sueño”. Pensó mirando al
infinito mientras sujetaba el despertador entre sus manos.
Lentamente
volvió en sí, apagó el despertador y se levantó para alzar la
persiana de su nueva habitación. Mientras miraba por la ventana, se
dio cuenta del estupendo día de verano que hacía. Se dio una ducha,
se arregló y bajó a desayunar algo.
La
cocina se sentía algo sola. Estaba bebiendo su café cuando se fijó
que en la nevera había una nota cogida con un imán, de esos que
regalaban en cualquier lado:
“Hijo,
siento no haberme quedado a desearte un buen primer día en tu nuevo
instituto, pero me surgió algo urgente en el hospital. No llegues
tarde luego, y si no estoy para la cena tienes comida en el
congelador.
Un
beso, tu madre que te quiere.”
Rem
se acababa de mudar a las afueras de la ciudad con su madre a causa
del divorcio de sus padres, en el cuál su padre se quedó con la
casa antigua. Su madre era cirujana jefe en el hospital de allí y se
pasaba la mayor parte del tiempo trabajando para mantenerlos a los
dos; su padre por el contrario, no es que hubiera sido un ejemplo a
seguir en su vida, así que se podría decir que Rem se había criado
solo casi toda su vida.
Él
no era de esos chicos, que a pesar de haberse criado solos, sacan
notas excelentes o son buenos en algo; más bien era como si hubiera
ido dando tumbos toda su vida. Tampoco era lo que se dice un modelo,
de estatura media, ni delgado ni gordo y sin ningún rasgo que
destacar.
El
Sol le daba en los ojos de camino al instituto. Iba un poco
desganado, ya que los pocos amigos que tenía, ahora estaban a
kilómetros de él, y el tener que conocer gente nueva no le
resultaba agradable. Conforme se acercaba a su destino, veía más y
más de lo que serían sus compañeros de allí. Por suerte, no
parecía que por allí hubiera gente extraña, como pandillas de esas
que se meten con la gente o niñas que fueran en corrillos vestidas
como si fueran adultas.
Por
lo menos las vistas resultaban relajantes, apenas había ruido, y los
árboles rodeaban toda la zona. Se notaba que era un lugar para gente
con dinero.
Ya
cerca de la entrada al edificio se fijó en una extraña pareja
apoyada contra la verja de la entrada. Estaban bastante acaramelados
y reían sonoramente a los comentarios que se hacían. Lo que más le
llamó la atención a Rem fueron sus cabellos; ambos poseían
trenzas, pero era como si se las hubieran intercambiado en lo que al
color se refiere.
“No
creo que sean ellos, sería mucha casualidad”. Sacó su móvil para
mirar la hora. “Mejor me doy prisa en entrar, si llego tarde el
primer día seguro que me crucifican para el resto del curso”.
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